DOMINGO
XXII DEL TIEMPO ORDINARIO “B”
Queridos hermanos: Después de cinco
Domingos en los que hemos proclamado el capítulo sexto de San Juan, sobre el
discurso del Pan de Vida, hoy recuperamos el Evangelio de San Marcos que nos
acompañara hasta el Adviento.
Junto a Marcos nos acompañará durante
cinco domingos la carta de Santiago Apóstol que nos recordará que en nuestra
vida cristiana hay unas exigencias morales, unos compromisos que no podemos
olvidar y que tienen una gran sintonía con las situaciones del mundo actual.
1.- VOSOTROS DEJAIS A UN LADO EL MANDAMIENTO
DE DIOS.
Lo primero que descubrimos en el Evangelio
es que Jesús y sus seguidores viven y
actúan con libertad en un mundo lleno de normas, leyes y tradiciones. Esto
origina constantes enfrentamientos con los fariseos y maestros de la ley: curar
en sábado, comer con pecadores o sin lavarse…
Jesús
es un hombre libre. El cristiano también. Vamos a reflexionar unos minutos
sobre el sentido y las razones de su y de nuestra libertad. Jesús es hombre
libre, más exactamente es grande de espíritu, magnánimo, abierto, atento a la
realidad de la vida, y este es el sentido de su libertad. Su vida acusa al
mundo que le rodea de hipócrita, incoherente, raquítico, escrupuloso, inhumano,
esclavo…
La última razón de la grandeza espiritual de Jesús es Dios, su Padre: Enraizado en la voluntad (mandamiento) y el Espíritu de Dios, se libera de la pequeñez y la cerrazón de la mentalidad que “cargaba los hombros con fardos pesados y hacia imposible la alegría…”
Aquí
está la verdadera novedad: Jesús presentaba otra imagen de Dios, el Dios
que llama a la vida y a la grandeza interior, al corazón. Este peligro ha sido
y es constante en la Iglesia y por ello debemos estar haciendo siempre un
proceso de conversión: De entrada comprender como valores cristianos la
grandeza interior, la apertura, la magnanimidad, alejándonos de todo escrúpulo
o mentalidad pequeña o cerrada. Y sobre todo, comprender de otro modo al Dios
vivo. Dios es el “vino nuevo que ha de
ponerse en odres nuevos”. Dios es el que hace posible la vida, la alegría,
la paz interior…
2.- NADA QUE ENTRE DE FUERA
PUEDE HACER AL HOMBRE IMPURO, LO QUE SALE DE DENTRO ES LO QUE HACE AL HOMBRE
IMPURO.
La raquítica comprensión de Dios, como “aquel que da normas”, conducía a una
raquítica comprensión del hombre. El hombre perfecto era aquel que cumplía
detalladamente todas aquellas normas.
Jesús renueva la visión de Dios Padre, que nos ama y nos llama a la vida; y de aquí surge una nueva comprensión del hombre, mucho más grande y auténtica. Lo que cuenta del hombre es su corazón. El hombre vale por lo que vale su corazón, es decir, por aquello que desea, busca, ama y decide en el fondo de si mismo. Es en el fondo de su corazón donde el hombre acoge o rechaza a Dios. Y hay un signo claro que nos indica lo que nuestro corazón ama y desea de hecho: LA VIDA REAL QUE LLEVAMOS. No son nuestras palabras o nuestros buenos propósitos o el grupo al que pertenecemos los que nos definen, sino nuestra vida real
Así nos lo recomienda Santiago: “Llevad a la practica la Palabra de Dios, y
no os limitéis a escucharla, engañándoos
a vosotros mismos”. Y concreta “La
religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es esta: visitar huérfanos
y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos de este mundo”.
3.- SI CUMPLÍS ESTOS MANDAMIENTOS TODOS LOS
PUEBLO DIRÁN: CIERTO QUE ESTA GRAN NACIÓN ES UN PUEBLO SABIO E INTELIGENTE.
Esta era la gran ilusión de Moisés sobre
el pueblo de Israel. Y ésta resume la misión de Jesús y la de todos los suyos.
La Iglesia está llamada a ser un ámbito de libertad y de sinceridad:
comunidades con corazón magnánimo, liberadoras, sinceras consigo mismos, con
corazón limpio, fiel reflejo de nuestro Dios, Padre de todos.
¿Hay alguna nación tan grande, que tenga
los dioses tan cerca, como lo está el Señor Dios de nosotros, cuando lo
invocamos?
La
Eucaristía, momento privilegiado para vivir esta proximidad. Transforma
nuestro corazón y se notará en nuestra vida.
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