DOMINGO
XXI DEL TIEMPO ORDEINARIO “B”
“Desde entonces muchos
discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con Él”.
Es la reacción, ante el discurso del Pan
de vida… Muchos de sus seguidores se asustaron y “no volvieron a ir con Él”. ¿De
qué se escandalizaron?
El
discurso de Jesús es una presentación
viva del núcleo de su misterio y de su mensaje. El se ha presentado como el
que viene de Dios trayendo la Palabra y el Espíritu que pueden dar vida a los
hombres. Sólo hay una manera de encontrar la vida: creer en Él. Esto significa
participar de su donación hasta la cruz y la resurrección, comiendo su Carne y
bebiendo su Sangre.
La
reacción de los oyentes ante Jesús: “Este modo de hablar es duro”. Y así
es, El Evangelio del amor que se entrega a los otros, que perdona, que lo da
todo; el mensaje de una donación hasta la muerte es muy difícil. Lo fue para
los primeros que lo escuchaban y lo es también para nosotros.
Todos podemos experimentar la duda, bien
sobre el amor de Dios, sobre la resurrección de Jesús… Sin embargo, la duda más radical, es la duda sobre la vida. ¿Realmente
es mejor darse que poseer? ¿No será un gran engaño ser fiel al amor y al perdón
sin buscar el interés propio? Eso de no agarrarse a nada, de buscar realmente
la justicia, de no prestarse a corrupciones, ¿no será idealismo ingenio y
ridículo? Estas son las dudas vivas y punzantes sobre el mensaje y el misterio
de Jesús, que vivió el Espíritu de Dios hasta la muerte y encontró así la Vida
de la resurrección.
Jesús repite: “La carne no sirve para nada. Las
palabras que os he dicho son espíritu y vida”. La carne, es decir, el
cerrarse y el egoísmo, no sirve para nada; lleva a la perdición y a la muerte.
La opción es decisiva: seguir la Palabra y el Espíritu de Jesús o cerrarse.
“…Muchos se echaron para atrás”. Es
la reacción negativa. Buscaban en Jesús otra cosa, no era el lenguaje
que esperaban. Nosotros difícilmente
tendremos que hacer una declaración expresa de fidelidad a Jesús. Sin embargo,
la vida de cada día, en cambio nos pide en cada momento una declaración viva.
La familia, el trabajo, la participación en el proceso social, la honestidad en
los negocios, la actitud ante el paro,
las mil ocasiones para romper el diálogo, la reacción ante nuestra
pequeña dignidad ofendida… La vida real, con su complejidad, nos va proponiendo
una decisión. Decidir según el Espíritu del Señor, a veces sin ser muy
conscientes de ello, es seguirlo; decidir por el egoísmo, el olvido de los
demás o la honestidad, es negarlo y abandonarlo.
“Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tu tienes
palabras de vida eterna” Es la decisión positiva de Pedro y de los que
se quedan con Jesús. Es verdad que hay dudas, conciencia de la propia
debilidad, oscuridad, pero se acaba en la última resolución: nosotros creemos;
solo tu lenguaje sobre el amor, la paz, el perdón, la pobreza, es la Verdad. La
decisión personal no se puede ahorrar a nadie. Actualmente está muy viva entre
nosotros la conciencia de las defecciones, del abandono de la Iglesia, de la fe
por parte de muchos, también de personas que amamos, pero la decisión de la fe
viva en el mensaje del Evangelio es
personal, de cada uno…
Hermanos, es hora de personalizar nuestra
fe, de vivir en alianza de fidelidad con nuestro Señor, que nos ha sacado de las
tinieblas y nos ha trasladado a su luz maravillosa. Que nos ha dado la libertad
y nos ha sentado a su mesa.
“Señor
Jesucristo, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”.
Te damos gracias por este regalo que nos haces de la Santa Eucaristía, en la
que nos alimentas con tu Cuerpo entregado y nos das a beber del cáliz de tu
Sangre. Que el Padre de la Gloria ilumine el corazón de todos los que escuchan
tus palabras para que sean atraídos hacia ti y puedan seguirte.
A ti, Señor Jesús, al Padre y al Espíritu
sean dados el honor, la alabanza y la gloria por los siglos de los siglos. Amén
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